Cuando alguien joven se va, queda un vacío grande que nunca va a ser llenado, un hueco en el alma y una sensación rara con la que aprendes a vivir, una lista de porques sin respuesta.
Aprendes a no dejar conversaciones pendientes, a expresar tus sentimientos siempre, a decir “te quiero” a las personas importantes cada vez que se pueda, porque quizás manana ya no estén.
Aprendes a ver las cosas buenas de la gente antes que las malas, generalmente las cosas buenas las ves sólo cuando ya no están más. Aprendes a tratar de vivir sin conflictos ni rencores, a concluir que las personas que han pasado por tu vida, algo bueno hicieron por ti, y si en algún momento te fallaron es mejor pensar que errar es humano y que santos hay pocos.
Aprendes a valorar a tus amigos aparte de tu familia, los buenos amigos son nuestro apoyo, y aunque no siempre estén cerca físicamente... están en nuestro corazón, porque te lo hacen sentir así.
Cuando alguien joven se va, es difícil una despedida temporal, nos queda el miedo de no ver a esa persona más.
Aprendes a vivir los momentos de felicidad, a reconocerlos y a disfrutarlos, a bailar si te da la gana o a cantar a voz en cuello aunque cantes mal. Se pierde el miedo al ridículo, a parecer huachafa o cursi al decir o a escribir lo que sientes.
Te das cuenta que no tienes el tiempo del mundo para lograr tus metas y a no desperdiciarlo.
Cuando alguien joven se va, estoy segura es un ángel más, alguien que te cuidará, por alguna razón tuvo que ir cerca a Dios antes de tiempo, por alguna razón fue llamado, inentendible para nosotros pero una herramienta para Dios.
Adiós y cacle cacle
La Bruja
